
En el antiguo solar que aquí existía, antes de levantarse la casa moderna que actualmente ha fagocitado este paño de sillar tan bello, jugábamos los amigos a buscar tesoros: sólo encontrábamos espejos para lanzarnos rayos de sol a los ojos, y cartones que luego vendíamos al peso para poder comprar tebeos o echar a la máquina. En la ignorancia de los años infantiles, también cogíamos jeringuillas que encontrábamos por el suelo y las utilizábamos para fusilar avispas en una boca de riego cercana, lanzándoles un chorrito de agua, a la hora de la merienda de mis amigos -yo nunca merendaba porque mi madre decía que no era necesario, comiendo y cenando bien-. Hoy paso junto al escudo con frecuencia, acompañado por mis hijos, cuando voy a ver a los abuelos, y tiemblo de imaginarles haciendo la barbaridad de adentrarse en aquellos túneles en completa ruina, con una jeringa en la mano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario