
Según cuentan habia un sacerdote acomodado que vivió en tiempos de Felipe III. Tan acomodado era que estaba acompañado de una ama y de un criado de origen portugués. este último movido por su codicia deseando quedarse con los bienes de su señor, atacó al sacerdote con tal fuerza que le arrancó la cabeza. Huyó, dicen, a su pais con lo robado. El tiempo dicen que todo lo borra, así que un buen día el asesino decidió volver a Madrid. De paseo por el Rastro el gusanillo del hambre hizo mella en el y decidió comerse una cabeza de cordero. La compró y llevo a su casa envuelta en un pañuelo. Las medidas higiénicas en aquel entonces brillaban por su ausencia, y este fue dejando un reguero de sangre que alertó a un alguacil. Fue detenido el villano y al desenvolver el paquete la cabeza del cordero se había tornado la cabeza de su anterior amo. Fue sometido a proceso y murió ahorcado en la Plaza Mayor. Nada mas fallecer el desdichado la cabeza tornó de nuevo a cordero. Felipe III en memoria del prodigio hizo poner una cabeza de piedra en el edificio donde ocurrió, lo que dió nombre a la calle de la Cabeza del barrio de Lavapiés. Esquina a la calle de Lavapiés se estableció en época de Fernando VII la cárcel eclesiásica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario